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Fracisco Casanova Vicente

El perfil del hombre que ayer asesinó ETA

Francisco Casanova Vicente

Riojano de nacimiento, Francisco Casanova hizo de Navarra su tierra de adopción, de profesión y el hogar de su familia. A pesar de la prudencia militar, ni en Castejón, ni en Berriozar escatimó a quienes le conocían las muestras de su carácter abierto y su afición a la jota.

EL asesino que ayer esperó a Francisco Casanova Vicente en su garaje sólo veía un objetivo: una graduación, una matrícula y una dirección. Calle Askatasuna, 109. El subteniente Francisco Casanova, de 46 años de edad, a quien sus amigos llamaban siempre Paco, era mucho más que eso.

Este riojano, nacido en Igea el 25 de mayo de 1954, era esposo de Rosalía Sáinz, con quien tenía dos hijos, Javier, de once años y de Laura, de seis. Era también el hijo único de Anunciación y de Francisco, un ferroviario de Igea, al que los avatares de la vida le llevaron a sentar su residencia en Castejón.

Y además era un hombre apolítico y religioso, que acudía puntualmente cada domingo a misa de once con su familia. Cuando llegó a Berriozar, hace quince años, todavía soltero, no ocultó a sus vecinos su carácter alegre y rocero, ni su condición de militar, aunque gustaba vestir de paisano y no solía hablar de su trabajo, como dicta la prudencia en estos casos.

Infancia en Castejón

Convertido en navarro de adopción, desde que su familia se trasladó a Castejón cuando contaba tres o cuatro años, Francisco Casanova se integró perfectamente en esta tierra. Las calles de la localidad ribera vivieron las primeras carreras de su infancia, y el despertar de su adolescencia. Fue también el lugar donde Francisco Casanova conoció a la que convertiría en su esposa, Rosalía, hija de una familia de lecheros de Santander que habían trasladado allí su residencia.

Estudió en las aulas del colegio público local, y marchó, como muchos de sus compañeros, a cursar bachillerato a Alfaro. Tras el servicio militar, Francisco Casanova eligió hacer del Ejército su profesión. A los 22 años de edad ingresó en la Academia General Básica de suboficiales Tremp, en Lérida. Tres años más tarde, en agosto de 1979, volvía a Navarra destinado al Regimiento Cazadores de Montaña América número 66, con base en Aizoáin.

Asesor del mando

Durante los últimos veintiún años había acudido invariablemente, de ocho de la mañana a tres de la tarde, a su trabajo en el cuartel donde realizaba tareas de asesoramiento del mando y se encargaba de realizar los test psicológicos de los nuevos reclutas. Hacía seis meses que fue ascendido a subteniente, premio a su profesionalidad y al afán de superación del que daba medida la licenciatura en Graduado Social recién sacada en la Universidad Pública de Navarra y los estudios de Derecho que acababa de iniciar. Era un hombre respetado por sus compañeros, tanto mandos como subalternos. En las horas que la disciplina militar imponía el deporte, Francisco se decantaba por el «footing». Lo hacía en el interior del edificio, pero ayer, horas antes de ser asesinado, lo hizo con sus compañeros de regimiento en el patio. Los mismos que, ayer tarde, no pudieron reprimir su impulso de acercarse corriendo a la casa de su compañero cuando supieron la noticia. Era, decían, la confirmación de un presentimiento latente en el cuartel.

Garganta y guitarra

En Berriozar fundó hace diez años el grupo jotero Ecos de Navarra, surgido a partir de varios componentes de la antigua coral de la localidad. Heredó de su padre, Francisco, que vive en la calle San Isidro Labrador de Castejón, el mote familiar de «los canarios» que reconocía en su pueblo natal riojano a una familia de buenas gargantas. Su madre, Anunciación, era de la estirpe de «los cavadores».

Su voz destacaba en los solos del grupo jotero que se prodigaba en bodas y fiestas patronales de Navarra. El «AveMaría» de Schubert en las ceremonias era coto privado de sus cuerdas vocales «muy al estilo de Raimundo Lanas», según sus compañeros, a quienes acompañaba también con la guitarra.

En Castejón se le conocía bien. Sus visitas de fin de semana le proporcionaban el esparcimiento de la huerta y las jotas en el patio de la casa familiar que aún regalan, en el recuerdo, los oídos de sus vecinos.

Imagen Fracisco Casanova Vicente

Descárgate una jota cantada por nuestro amigo Francisco 

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